Lo que parece un debate de la Edad Media es ahora un tema de la agenda internacional. Desde la postura de cierta parte del Pentágono, en que los ETs son demonios y que, por lo tanto, no debe desclasificarse, hasta la postura del gobierno chino de prohibir una práctica espiritual en su territorio, las posturas de fanatismos religiosos en el mundo son preocupantes. Sin mencionar el fanatismo islámico.
Lejos de que esto nos conduzca a un materialismo excesivo y laico, deberíamos preguntarnos realmente, de manera seria, qué es la naturaleza espiritual: una manera que no imponga, que sea a la vez progresista y profundamente espiritual.
Para esto, la mejor teoría es que todos formamos parte de Dios, que una semilla de Dios está adentro de cada uno de nosotros, que, por lo tanto, cada persona se responsabiliza por sus ángeles y sus demonios, que no tenga que exterminar a nadie, que no tenga que luchar contra nadie, que no haya bien y mal, sino una unidad de bien y de mal. En la unidad no puede haber malo o bueno, solo evolución. La DBH es el ejemplo perfecto de eso: una espiritualidad que, por definición, nunca puede llevar al abuso de poder.